December 13, 2017

Una de las peores tragedias que golpeó el séptimo arte fue la aparente muerte del western.  Un diagnóstico letal pero no necesariamente exagerado, teniendo en cuenta apenas habíamos visto sombras del género en piezas maestras como SIN LUGAR PARA LOS DÉBILES.

La situación cambió recientemente con experimentos que me recuerdan al debate de la “polémica” LA LA LAND: el purismo contra la innovación. Quentin Tarantino lanzaba un homenaje macizo de tres horas llamado LOS OCHO MÁS ODIADOS que seguía las reglas de western con toda la responsabilidad que uno debe cargar al llamarse Quentin Tarantino. En otra vereda, proyectos como BONE TOMAHAWK y LOS SIETE MAGNÍFICOS mezclaban la fórmula con el horror y el espectáculo con resultados relativamente competentes a su manera.

Por eso era necesario ver el acercamiento que proponía NADA QUE PERDER, calificada en muchos lares como neo-western. En ese sentido David McKenzie, encargado de la puesta en escena, es un nerd total de las grandes películas ubicadas en el Viejo Oeste o esa es una suposición que salta a la vista luego de un primer visionado. El tono y el ritmo obedece a los clásicos pero reemplazando los caballos por camionetas 4×4.

Mi sorpresa inicial arranca desde el plano actoral. Todos sabemos que Jeff Bridges es uno de los mejores actores con vida y quien no lo sepa es un habitante del fondo del océano pero quien escribe nunca le había puesto fichas a Chris Pine o Ben Foster; a pesar que ambos tienen cintas interesantes aunque filmografías sumamente irregulares. Aquí ambos están redondos y espectaculares, con una química envidiable y una evolución individual que muchas series de más de 15 capítulos desearían en sus elencos. Saludos a THE WALKING DEAD.

Pocas veces se ve personajes tan humanos en peliculas de este tipo ya que muchos directores y guionistas buscarían formas fáciles de justificar las acciones criminales del dúo. La dupla – dos hermanos que asaltan bancos de poca monta – se mueve por motivos que no se podrían considerar un spoiler pero que no revelaremos en este reseña para evitar irritar a lectores extremadamente sensibles.  Basta decir que “coherencia” es una palabra que abunda al momento de profundizar en las razones.

Hay una atmósfera letal y pesimista en todo el film, firma de fábrica del talentoso escritor Taylor Sheridan, que se mostró como un futuro maestro de la tensión en SICARIO y en SONS OF ANARCHY. Escuchaba recientemente a un amigo chileno, Cristian Briones del Flimcast, mencionar que estamos en un año en el que las películas nominadas no ofrecen concesiones al espectador y el guion firmado por Sheridan debe ser uno de los mejores ejemplos al respecto. Nada viene masticado ni digerido, tienes que armar las piezas y observar el panorama de esta Texas que no es tan diferente a la de decenas de años atrás.

Y ese debe ser el punto más fuerte de HELL OR HIGH WATER. Su facilidad para recrear y criticar una realidad en la que las armas cuelgan de las cinturas como un accesorio más, los contratos son como balas y el color gris pesa más que los blancos y negros.

Todo lo anterior está sazonado con un humor ácido, seco y políticamente incorrecto. Porque así es la gente que se mueve en entornos violentos y los personajes no pueden responder a otras características. Al final ,el público deberá decidir los niveles de clemencia y empatía que entabla con los “buenos” y los “malos”, si es que existen.

Algo más que agregar: el tramo final, al igual que el de SICARIO, es una clase audiovisual de lo que se debería interpretar como tensión en el cine. Lejos del chamullo y el efectismo que no dice nada. Los balazos son un adorno cuando lo más letal es un texto bien escrito.

Valoración: ★★★★★

 

 

 

 

Luis es periodista especializado en temas culturales, crítico de cine y conductor del Podcast Infinito.

Luis M. Santa Cruz